¿Por qué Dios no se deja Ver?

Que Dios se mostrase parecería, desde luego, lo más sencillo. ¡Qué cantidad de errores, de faltas, de crímenes y de desgracias se habrían evitado si el Bien Supremo estuviera entre nosotros y visible a nuestros ojos!

Los cuales saben que yo desde el principio, si quieren testificarlo, conforme a la más estricta secta de nuestra religión, he vivido fariseo.

1 Juan 4:16

¿Por qué Dios se mantiene Oculto?

De ordinario se suelen aportar tres motivos para esta ausencia de Dios que nos deja sumidos en el desconcierto y en la duda: el primero es que su presencia nos quitaría toda libertad de juicio y, de alguna manera, reemplazaría el determinismo de la naturaleza por el suyo, siendo así que ha querido que fuésemos seres libres; el segundo, que perderíamos los inmensos beneficios de la fe, con todos los méritos que lleva incorporados; el tercero, que la naturaleza de Dios es tan diferente de la nuestra (Él es infinito y nosotros no, Él es eterno y nosotros no lo seremos nunca, Él es espíritu y nosotros estamos hechos de materia sujeta a la dispersión), que es imposible hacerle entrar en el campo excesivamente reducido de nuestras facultades. A veces se añade a todo eso una cuarta razón, sacada de la Escritura, según la cual nadie podría ver a Dios sin morir.

Pero tales motivos son impugnables y se les podría oponer, yendo del último al primero de ellos, que nada impediría a Dios, si es Omnipotente, dotarnos de los medios precisos para captar su presencia, aunque tuviera que tamizar su resplandor; que la fe es, por supuesto, una hermosa virtud, pero que los ángeles que están siempre delante del trono de Dios -y no necesitan, por tanto, hacer ningún acto de fe- no por eso son menos amados que nosotros; finalmente, no se sabe de ningún humano que no esté dispuesto a cambiar su libertad por un seguro de felicidad eterna.’

Sin embargo, está claro que la presencia visible de Dios daría lugar a otro mundo; y es este mundo el que nosotros hemos de comprender. Es verdad que el ocultamiento de Dios es la condición de nuestra libertad de conciencia, sin la cual no seríamos más que juguetes mecánicos sin la menor aptitud para el diálogo.

La necesidad de la Fe

Es igualmente cierto que esta presencia velada permite que brote la fe, que es lo que más admira Dios en nosotros. Y también es verdad que nuestros sentidos no nos facilitan más que una ínfima parte de lo real: si todas las «frecuencias» del universo estuvieran impresas en una cinta de un kilómetro, no seríamos capaces de leer más que un trozo de tres milímetros; en estas condiciones no tenemos ninguna posibilidad de captar lo que podría denominarse la «frecuencia cero» de la luz increada.

Es verdad, por fin, y conforme con la Escritura, que «nadie sería capaz de ver a Dios sin morir», porque esa visión exigiría una extensión tal de nuestras facultades que equivaldría a una metamorfosis. No obstante, de esa discreción de Dios se puede dar una explicación diferente, tomada de la experiencia, y que hace referencia, exclusivamente, a la caridad. Es una experiencia que viven todos los místicos, o que la han vivido alguna vez. «Vos sois el que es Todo -exclamaba Catalina de Siena-, yo soy la que no es nada», y no se trataba de un ejercicio de humildad, sino de una simple comprobación de la evidencia. La deslumbrante luz espiritual que rodea a Dios revela la presencia invisible de una tan inmensa inocencia que, ante ella, cada uno se juzgaría despreciable -y los mejores con mayor severidad-, y eso es justamente lo que Dios no desea movido por su infinita bondad.

Muchos, influidos por el austero criterio jansenista, se representan a Dios como juez y tienen miedo de comparecer ante su tribunal. Y es cierto que ante la inefable pureza de Dios nos sentiremos inclinados a condenarnos a nosotros mismos, llenos de vergüenza, no ya por haber ofendido al Todopoderoso, sino por haber lastimado a un niño. Mas tendremos un abogado, y ese abogado será Dios, que nos defenderá contra nosotros mismos.

El gran drama de la especie humana consiste en no comprender el amor y fijarle límites que no existen más que en nuestro propio corazón.

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Eduvigis, Margarita
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Y esta esperanza no nos defrauda, porque Dios ha derramado su amor en nuestro corazón por el Espíritu Santo que nos ha dado.

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