La Oración por la Sanación Interior

Dentro de las muchas oraciones que existen, encontramos la que se denomina Oración de Sanación interior o Sanación de los recuerdos, por medio de la cual invitamos al Señor a que recorra todos los momentos de nuestra existencia, desde el momento de nuestra concepción hasta el momento actual, y que con su infinito poder, Él, que es Dios, que nos ha creado y para quien nada es imposible, haga en nosotros una nueva creación y, al recorrer todos los momentos difíciles de nuestra existencia, vaya sanando todas y cada una de las heridas que la vida nos ha dejado o que las personas nos han ocasionado.

Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados

Romanos 8:28

Comenzar el proceso de Sanación Interior no resulta fácil para muchas personas, porque desafortunadamente tienen que volver a vivir el momento o los momentos difíciles por los que han tenido que pasar, las amarguras que han tenido que afrontar y que han causado su odio o su rencor, por lo que debe realizarse dentro de un estado de oración, en el cual se le ha pedido previamente a Jesús que coloque en nosotros sus sentimientos, su capacidad de olvidar y de perdonar, ya que con nuestros sentimientos humanos nos es imposible por nuestros propios medios llegar al perdón, que es un don de Dios.

Para realizar eficazmente esta oración, ayudados por el Espíritu Santo, debemos traer a la mente cada una de las personas que nos han ocasionado heridas o que nos han llenado de tristezas.

Como la sanación de los recuerdos es un proceso, el Señor irá colocando persona a persona, y a cada una debemos llamarla por su nombre propio y establecer el problema o los problemas determinados que se presentaron y que deben ser motivo de perdón.

Bajo este contexto vamos con la ayuda del Señor recorriendo todos los momentos aciagos de nuestra vida y con la gracia de su perdón, empezamos a mirar a cada persona con los ojos de Dios, empezamos a sentir por ella, con el corazón o los sentimientos de Dios, sólo a través de los cuales podemos declararlos inocentes, al comprender que no sabían lo que hacían, y en el poder de la Sangre de Jesús, empezamos a cortar toda atadura o nexo, que por causa del rencor, del resentimiento o del odio hay con la persona que requiere de nuestro perdón.

Oración para la Sanación Interior

Colócate ante la presencia de Dios, dispón tu corazón y desde el fondo de tu ser háblale a tu Padre que está en lo escondido y el te responderá:

Señor Jesús, te doy gracias por enseñarme que debo perdonar siempre a todos los que me han ofendido, que debo olvidar todas las ofensas que me han hecho y que debo colocar en tu misericordioso corazón y en la llaga siempre abierta de tu sacratísimo costado, todos los recuerdos anómalos, las tristezas y los desengaños, las angustias y los desencantos, las desilusiones y las frustraciones, los odios, los rencores y los resentimientos; en fin, Señor, que debo entregarte todas las heridas que durante tanto tiempo o durante gran parte de mi vida he acumulado en mi atribulado corazón, en lo más profundo de mi alma, en lo más inconsciente de mi ser.

Amado Padre Celestial, tú me has creado, a ti te debo la vida, tu providencia y amor la han sostenido durante todo el tiempo de mi existencia y hoy reconozco que sólo Tú, Dios omnipotente y misericordioso, puedes hacer en mi una nueva creación, puedes darle un nuevo rumbo a mi vida, puedes darme la verdadera vida que tanto he anhelado, puedes darle luz a mis ojos y amor a mi corazón, puedes romper las ataduras con que he ligado a todos los que he odiado o por los que he sentido rabia y rencor y en cuya maraña yo también me encuentro enredado hoy.

Amado Señor Jesucristo, tu conoces toda mi existencia y sabes cómo fue el momento de mi concepción, porque desde antes de nacer mi nombre estaba escrito en tu mano.  Tu sabes si fui deseado(a) o no, tu sabes si fui producto del amor o de un momento de pasión, tu sabes si fui el producto de una concepción responsable o el producto de la brutalidad y la bestialidad de los hombres, en fin, Señor, tu sabes y conoces todas las falencias que por esta causa hay en el fondo de mi ser.  Señor, hoy perdono con tu perdón y amo con tu amor a mis padres si no me amaron al concebirme, si no me desearon, si de pronto trataron de abortarme.  Yo los perdono en tu Nombre, los declaro inocentes, y con tu sangre preciosa rompo toda atadura del mal que por el odio o el rencor hayan sembradas en mi corazón, yo los abrazo y de todo corazón te pido por ellos para que tu bendición los alcance donde se encuentren, y te pido que sanes en mi el vacío que su falta de amor dejó y las heridas que su rechazo o violencia dejaron en mi alma.

Señor Jesús, yo perdono a mis padres por todos los acontecimientos anómalos que ocurrieron durante el tiempo de mi gestación, en esos nueve meses o en tiempo que estuve en el vientre de mi madre:  por los ultrajes verbales que ella tuvo que afrontar y que están en el fondo de mi ser; por las agresiones físicas a que fue, por la violencia verbal y de hecho, por el abandono o la separación, por las necesidades que tuvimos que afrontar, por los intentos de aborto, por los temores y la inseguridad que sembraron en mí, en fin, por todos aquellos acontecimientos que se han quedado latentes en el fondo de mi ser y que hoy son el motivo de mi violencia , de mi odio, de mi timidez, de mi limitación física o intelectual.  Sáname Señor, llena los vacíos existenciales que hay en mí, transforma lo que no es tuyo y con tu poder renueva mi vida.  En tu Nombre Santo yo los  perdono de corazón, los declaro inocentes, los abrazo, rompo toda atadura que el mal haya podido producir en mí por estas causas y en tu Nombre  los bendigo donde se encuentren.

Señor, hoy quiero perdonar a mis padres, a mis hermanos, a mis familiares, a mis amigos, a mis compañeros de estudio, a mis vecinos, a los médicos, las enfermeras, las autoridades, los sacerdotes, los religiosos y a todas aquellas personas que tuvieron algo que ver  conmigo durante los primeros siete años y de estos a los catorce años de mi vida.  Los perdono por los malos tratos, por los ultrajes, por las envidias, por las peleas, por los abusos, por los traumas que me crearon, por las incomprensiones, por el desamor, por las injusticias, por los apodos, por hacerme sentir mal y ridiculizarme, por burlarse de mí, por despreciarme, por no tenerme en cuenta, por haber expresado que yo era un estorbo para ellos, por  manifestarme que yo era un don nadie y que no servía para nada, por haberme abandonado, en fin, Señor, tu sabes todos los momentos amargos que pasé durante estos catorce años de mi existencia y conoces todas las heridas que hay en el fondo de mi corazón, que sangran aún y que son la causa de mi comportamiento anormal, de mi tristeza permanente, de mi depresión o de mi enfermedad.

Señor Jesús, con tu sangre preciosa sáname, llena tú el vacío que quedó en mí y haz en mi una nueva creación.  Yo los perdono de todo corazón, rompo todo nexo o atadura que por estos conceptos hayan quedado en mí, los declaro hoy inocentes, los abrazo y te pido para cada uno de ellos bendiciones y gracias donde se encuentren.

Coloco hoy en tus manos, Señor Jesús, toda mi vida de relación, todos los  acontecimientos que ocurrieron desde los quince años hasta la edad actual,  los noviazgos, la unión libre, el matrimonio, la concepción de los hijos, los abortos que me provoqué o que induje a provocar, el adulterio, la infidelidad,  la vida sexual desordenada, el alcoholismo, la prostitución, el homosexualismo, el lesbianismo, la  masturbación, la drogadicción, el robo, la inmoralidad, la pornografía, etc., en fin, Señor, todos los actos que durante este tiempo realicé y por cada uno de ellos te pido Amado Padre Celestial que me perdones, me perdono por haber participado conscientemente en ellos y de todo corazón perdono a las personas que me engañaron, que se burlaron de mí, que me violaron, que me abandonaron, que me indujeron al mal, que me trataron mal de palabra o de hecho, que me traicionaron o abusaron de mi confianza, que me injuriaron, que hablaron mal de mí sin ninguna razón justificada, que me calumniaron, etc.

Yo los perdono de todo corazón, los declaro inocentes, rompo en el Nombre del Señor toda atadura que tenía con ellos por el recuerdo de las ofensas recibidas, los abrazo en Jesús y María Santísima y pido para cada uno, donde se encuentren, bendiciones y gracias abundantes en esta vida, y luz y descanso para sus almas si se encuentran en el descanso eterno.

Reconozco que son muchas las heridas que la vida, el mundo y los seres que digo amar o que han pasado por mi vida han dejado en mí y por eso te pido la gracia de  perseverar, de no desfallecer y de humildemente perdonarlos cada día en tu Santo Nombre y por el gran amor que siento por Ti.

Señor Jesús, te doy gracias por sensibilizar mi corazón hacia el perdón, por darme  la fortaleza y el amor para hacerlo y por la paz que hoy siento en lo más profundo de mi  alma al poderlo realizar. 

Amén

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Oración por la Sanación de los Recuerdos

Señor Jesús, Tú puedes volver atrás conmigo y caminar con­migo a través de mi vida desde el momento que fuera concebido.

Ayúdame, Señor, aún entonces: límpiame y líbrame de todo lo que pudo causarme dificultades en el momen­to de mi concepción. Tú estabas presente en el momen­to que fui formado en el vientre de mi madre; líbrame y sáname de cualesquiera ataduras en mi espíritu que ha­yan podido llegarme por mi madre o las circunstancias de la vida de mis padres aún cuando tomaba forma. Por esto, te doy gracias.

También te alabo, Jesús, porque además me estás sanando del trauma de nacer. (Muchas de nuestras ma­dres tuvieron partos largos y dolorosos cuando nacimos, y esto tiene un efecto en la criatura). Te pido, Señor, que me cures del dolor de nacer y de todo lo que sufrí al nacer. Te doy gracias, Señor, porque Tú estabas allí para recibirme en tus brazos cuando nací. Conságrame en ese mismo momento al servicio de Dios. Gracias, Jesús, por­que esto se ha hecho.

Señor Jesús, te alabo porque en esos primeros meses de mi infancia Tú estabas conmigo cuando te necesité. (hay muchas personas que necesitaban más amor del que recibieron de su madre, todo el amor que necesita­ban, porque fueron separados por circunstancias que no pudieron evitarse. No recibieron el amor que les hubiera ayudado a sentir fuerza y estabilidad). Hubo veces que necesite que mi madre me acunara en su pecho y me me­ciera y me hiciera cuentos infantiles como solamente sa­be hacerlo una madre. Señor, hazlo Tú en lo más pro­fundo de mi ser. Déjame sentir un amor maternal tan conmovedor, confortante y profundo que nada pueda jamás separarme de ese amor otra vez. Te doy gracias y te alabo, Señor, por que sé que lo estás haciendo ahora mismo.

(También hay personas que necesitaron más del  amor paternal en sus vidas) Por cualquier razón que me haya sentido descuidado, rechazado, Señor, llena esa parte de mi ser con un profundo amor paternal que sólo viene de un padre. Aunque yo no esté consciente de haber necesi­tado unos abrazos fuertes y un “papito” que me amara y me diera seguridad y apoyo, dámelo Tú ahora. Gra­cias, Señor, porque esto también lo estás haciendo.

(Según crecíamos, algunos de nosotros pertenecíamos a familias donde no había mucho tiempo para nosotros como individuos). He llegado a entender y a aceptarlo, pero una parte de mi ser en realidad nunca se sintió completa, nunca se sintió verdaderamente querida. Te pido hoy una curación de ese sentimiento, Señor, hazme saber que soy tu hijo, una persona importante en tu fa­milia, un hijo único que amas de una manera muy espe­cial.

Cúrame, Señor, las heridas causadas por las relaciones con mi familia, el hermano o hermana que no me enten­día del todo o que no me demostraba amor y bondad debidamente. Una parte mía nunca se sintió amada por eso. Déjame ahora alcanzar en perdón a ese hermano o hermana. Quizás a través de los años, nunca he podido aceptarlos porque nunca me sentí verdaderamente acep­tado por ellos. Dame un gran amor por ellos. Así que la próxima vez que los vea haya tanto amor que todo lo viejo habrá pasado. Me habrás renovado. Te doy gracias por eso, Señor.

(Según crecíamos, el primer trauma real en nuestra vi­da pudo haber sido cuando fuimos a la escuela por pri­mera vez). Esa fue la primera vez que nos ausentamos del hogar y todo lo que ello representaba. Para algunos de nosotros que éramos muy sensitivos, que éramos tími­dos, inseguros, esto fue difícil: …quedarnos con aquella maestra extraña, con compañeros extraños, en un lugar extraño.

Señor, de veras nunca me recuperé de esa experiencia, porque había cosas que esperaban de mí y cosas que me herían mucho. Hubo maestras intratables y niños que no me mostraban amor o comprensión.

Te pido, Señor, que me sanes de todos esos años que pasé en el salón de clase, que me quites todo el dolor y sufrimiento que recibí en ese tiempo. Me retraje en ese entonces, Señor, y empecé a sentir miedo de hablar en grupos porque me habían ridiculizado, castigado, criti­cado en el salón. Dejé de hablar porque era demasiado doloroso. Señor, te pido que abras la puerta de mi cora­zón. Déjame relacionarme en grupos de una manera más abierta y libre de lo que he podido hasta ahora. Según se lleva a cabo esta curación, tendré la confianza y el valor de hacer lo que me pidas en toda situación. Gracias, Se­ñor, porque creo que estás sanándome ya.

(Señor, cuando entré en la adolescencia, empecé a ex­perimentar cosas que me asustaron, me avergonzaron y me causaron dolor). Nunca he podido sobreponerme del todo a algunas experiencias que tuve cuando me estaba conociendo a mí mismo, lo qué significa ser persona. Te pido, Señor Jesús, que sanes todas las experiencias que tuve como adolescente; las cosas que hice y que me hi­cieron y de las que nunca me he sanado. Entra en mi co­razón y quita todas las experiencias que me causaron su­frimiento o vergüenza. No te pido, Jesús, que borres es­to de mi mente sino que lo transformes de manera que pueda recordarlo sin vergüenza, con acción de gracias.

Hazme comprender por lo que hoy están pasando los jóvenes, porque yo mismo también he pasado por ello: esa época de búsqueda y conflicto. Según me voy sanan­do, déjame ayudar a otros a encontrar la curación.

Señor, al salir de este período de mi vida, y al empe­zar a crecer en la vocación a que me llamabas, tuve difi­cultades. (Algunos fuimos llamados a ser esposos y espo­sas, algunos fuimos llamados al celibato, otros escogie­ron la soltería o ahora son viudos o divorciados). Ha ha­bido dolor, ha habido sufrimientos; no hay carrera algu­na en la tierra que no conlleve dificultades de ajuste, problemas que necesitaban curarse en la vida privada).

Te pido, Jesús que me cures en el estado de vida que me encuentro hoy, y todo lo que eso ha significado para el mundo que me rodea.

(Esposos y esposas tienen cosas del pasado que se interpretan en sus relaciones, heridas y sufrimientos que solo pueden existir entre quienes tratan de vivir juntos y conocerse en una situación muy íntima).

Señor, sáname de estas cosas. Haz que mi matrimonio empiece a ser de nuevo lo que Dios quiere que sea. Toma en tus manos todas las heridas y sufrimientos del pasado, para que desde ahora en adelante este matrimonio sea limpio y comience de nuevo tan libre y tan sano como sea posi­ble.

Gracias, Padre, que mediante esta curación podemos llegar a ser la clase de marido y mujer que Tú pides que seamos.

(Los sacerdotes, religiosos y religiosas han tenido heridas que los han alejado de Jesús en vez de acercarlos a Él). Señor, ayúdame a sentir tal calor y fortaleza de amor en mí que nunca jamás dude yo, si el camino que sigo es al que me has llamado. Dame valor y confianza en la obra que me has llamado a hacer. Llévame adelante con propósito y metas nuevas.

Gracias, Padre, porque sé que estás haciéndolo.

(Los solteros que se han sentido llamados a esa vida, siguen los pasos de Jesús con un dolor y sufrimiento que sólo Dios conoce).

Me he sentido solo y, en ocasiones, abandonado y to­talmente rechazado por el resto de la humanidad.

Señor Jesús, lléname hoy de un nuevo sentido de fortaleza y propósito. Hazme comprender lo que has puesto en mi corazón. Déjame ser un testimonio vivo de Jesucristo. Te doy gracias, Padre, porque sé que estás haciendo esto

Según siento la unción de tu amor, te glorifico, Señor, porque sé que está hecho. Señor, no hay poder en el cie­lo o la tierra que pueda impedirlo. Te alabo, Señor, por­que se que mientras más te entrego, dándote gracias y alabándote por ello, más me das la fortaleza de tu pre­sencia, el poder de tu Espíritu, el amor de tu Divino Hi­jo. Te alabo, Jesús, por esta curación y te glorifico. Gra­cias.

Amén

Como orar por la Sanación Interior

A solas con Jesús

Visualiza a Jesús junto a ti, consciente de que El es tu Salvador en el sentido más pleno. El desea tu felicidad verdadera y duradera, y la ha merecido ya para ti. Juntos vais a recorrer tu vida desde sus comienzos has­ta el presente.

Hay que hacerlo sin prisas, para que su gracia cale muy dentro y llegue hasta las raíces mismas de tus conflictos. Así podrá El escribir la Historia de Salvación en tu vida.

Si es preciso, puedes hacer esta oración en el curso de varios días, cubriendo en cada sesión una etapa o aspecto de tu vida. Las oraciones que aparecen en los numerales siguientes te pueden ser de una gran utilidad.

Al orar por la sanación de recuerdos tú vas reco­rriendo mentalmente y en cierto modo reviviendo, tu pasado.

Te detienes en aquellos incidentes que te han marcado más o traumatizado profundamente, y con los ojos del cora­zón ves a Jesús presente en cada uno de ellos. Desde tu pobreza le ofreces tus recuerdos y experiencias doloro­sas, tus temores, angustias, resentimientos, culpabilidad y otros conflictos emocionales; le presentas también las zonas vacías y conflictivas de tu vida.

Ofrécele todo con una confianza ilimitada en su po­der, con un abandono total en su bondad. Pide a Jesús que lave en su preciosa sangre cada uno de tus recuer­dos dolorosos; que sane por sus heridas tus propias he­ridas; que llene con su amor y su fuerza tu propio va­cío.

Trata de visualizar a Jesús que en ese momento recorre tu vida pasada limpiando y sanando heridas, rompiendo cadenas, llenando vacíos.

Todo lo que tú ofreces al Señor, él lo acepta de buen grado y lo trans­forma en gracia. «Sabemos que en todas las cosas in­terviene Dios para bien de los que le aman» (Rom 8,28).

Dile a Jesús que le amas y deseas amarle cada día más, amarle y servirle en sus hermanos necesitados.

Dos personas que participaban en un mismo retiro tuvieron un sueño parecido en su comienzo, pero dife­rente en su conclusión. Un hombre soñó que se acerca­ba a Jesús con un enorme cesto conteniendo las cargas y preocupaciones de su vida. Lo dejó a los pies del Señor para orar. Terminada la oración, se cargó con el mismo cesto y salió. Una niña soñó que se acercaba a Jesús con su cesto de problemas y preocupaciones, y lo depositaba a sus pies para orar. Mientras oraba vio có­mo Jesús tomaba su cesto y lo arrojaba al mar. No vol­vió a verlo.

Una vez que has ofrecido al Señor tu pasado y tus recuerdos penosos, déjalos en sus manos, No des demasiadas vueltas a lo pasado. En nombre de Jesús con­jura a tus miedos, angustias, resentimientos… a que no vuelvan a tu corazón. «Para ser libres nos libertó Cris­to. Manteneos, pues, firmes y no os dejéis oprimir nue­vamente bajo el yugo de la esclavitud» (Gal 5,1).

Jesús te libra de la esclavitud a un pasado poco feliz, y abre ante ti nuevos horizontes llenos de luz y de esperanza. Vive de cara al futuro.

«Pero una cosa hago: olvido lo que dejé atrás y me lanzo a lo que está por delante, corriendo hacia la meta, para alcanzar el premio a que Dios me llama desde lo alto en Cristo Jesús. Así pues, todos los perfectos ten­gamos estos sentimientos. Desde el punto a donde hayamos llegado, sigamos adelante» (Fil 3,13-16).

Acepta en fe la presencia y la acción liberadora de Je­sús en tu vida, aún antes de sentir sus efectos. Dale gracias de corazón, canta y alaba su santo Nombre. La alabanza confirma y acelera el proceso de sanación.

Con un acompañante

Cuando necesitas sanación de recuerdos puedes compartir y orar con un acompañante, como los discí­pulos de Emaús. Dos discípulos de Jesús, tristes, abatidos, desorientados, se alejaban de Jerusalén y de la co­munidad, sin ilusión, sin esperanza. Su Maestro había muerto crucificado unos días antes; y ellos habían dado por perdida su causa. En el camino de Emaús se les juntó Jesús recién resucitado. «¿De qué discutís entre vosotros mientras vais caminando tan tristes?» les pre­guntó (Lc 24,13-35).

Mientras le explicaban el motivo de su tristeza, ellos iban reviviendo su pasado; pero no solos. ¡Jesús estaba con ellos!

La presencia de Jesús que escucha con amor, que comparte la Palabra de Dios y explica el sentido del dolor, inicia en los discípulos un proceso de curación de recuerdos.

Cuando al fin de la jornada se les abren los ojos y reconocen al Salvador resucitado, se dan cuenta de lo sucedido y dicen: «¿No estaba ardiendo nuestro cora­zón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el cami­no?» Su tristeza y abatimiento se han disipado. De pronto se encuentran tan llenos de alegría, de ilusión y energía, que deciden volver aquella misma noche a Je­rusalén y compartir con la comunidad de discípulos su nueva fe en Jesús resucitado.

¡Cuántas veces se repite esta historia! Aunque invi­sible, Jesús resucitado acompaña a sus discípulos por los caminos de la vida, deseoso de aliviar sus cargas y sanar sus heridas.

Un modo de experimentar su acción sanadora es este: Toma un compañero y comparte con él, como lo harías con Jesús, algo que te preocupa. No es preciso que sea una persona de mucha experiencia; basta que tenga suficiente fe y amor para orar contigo. El Señor está presente en esa humilde confesión y ora­ción. El tiene muchas sorpresas para los que oran así.

Con un Sacerdote o ministro

Puedes orar con el apoyo de un ministro del Señor, de un servidor del Señor, o de un equipo de intercesión, que te ayude a presentar tus cargas al Señor.

La función del ministro, del servidor o del grupo de intercesión es doble: aconsejar, e inter­ceder.

  1. Primero el ministro, el servidor o el grupo de intercesión debe escuchar, discernir, orientar, alentar.
  2. Todo ello exige tiempo, por lo que a veces se nece­sitan varias sesiones. También exige intimidad, por lo que en la mayoría de los casos una sola persona es más eficaz que un equipo.
  3. El hecho de escuchar con amor y respeto, sin juz­gar, sin extrañarse, inicia ya el proceso de curación.
  4. Cada persona es diferente; su historia irrepetible. No sirven, por tanto, los esquemas. Reconociendo su pro­pia pobreza, el ministro o los encargados de la oración buscan dirección de arriba:
  5. «Muéstranos tu misericordia, Señor, y danos tu salva­ción. Muéstranos la clave de este problema, y qué de­bemos hacer para solucionarlo». Con la ayuda de arri­ba, y mediante el diálogo, evalúan el ambiente de fami­lia, escuela, trabajo; se aclaran situaciones; se descu­bren raíces ocultas, mentiras escondidas, rebeldías in­conscientes, y otros mecanismos de defensa.
  6. El ministro o los encargados de la oración deben respetar momentos de silencio, co­mo también momentos de gran emoción y tensión. Ayudan a aceptar situaciones, a perdonar personas, y a veces a prepararse para una buena confesión. Aconsejan y orientan, pero sin exceder su campo.
  7. La otra función del ministro, del servidor o del grupo de intercesión es orar o interceder. La intercesión puede ser más eficaz si se hace en equi­po. En una atmósfera de confianza total en Dios, y de amor incondicional al hermano, se van exponiendo a la luz sanadora del Señor recuerdos traumatizantes, preci­sando la edad y otras circunstancias importantes, como también las personas relacionadas.

Se presentan al Se­ñor zonas del espíritu y del alma no liberadas, heridas y sus causas, complejos y sus raíces, sentimientos ne­gativos y su fuente, y mecanismos de defensa.

En ciertos casos y en nombre de Jesús el ministro, el servidor o el equipo toman autoridad sobre una situación desesperada, un sentimiento incontrolable, o una enfermedad emocional persistente, y lo someten todo al señorío absoluto de Je­sús. Con la espada del Espíritu, la Palabra de Dios, tra­tan de cortar ciertas ligaduras invisibles del mal, como también una dependencia excesiva (de personas o co­sas), que cortan la libertad.

En todo caso lo importante es dejar que el amor de Dios se derrame sin trabas y sin límites, y que inunde a la persona por la que se está haciendo intercesión. «Dios es Amor, y quien permanece en el Amor perma­nece en Dios y Dios en él» (1 Jn 4,16). Ahí es donde se encuentra la sanación, la liberación, la vida nueva: en ese Océano de Amor.

Un fenómeno común en este tipo de oración es el llamado «descanso en el espíritu». Es como una inun­dación de la gracia y amor de Dios, que causa una es­pecie de desfallecimiento corporal. Con frecuencia la gracia trabaja en alguna zona del subconsciente o del inconsciente, donde ocultan sus raíces la mayor parte de nuestros conflic­tos.

El Señor muestra su poder, amor y su misericordia de muy diversos modos en este estado de impotencia humana. «Que mi fuerza se muestra perfecta en la fla­queza» (2 Cor 12,9).

En una celebración, misa o Eucaristía

Finalmente puedes participar en una Eucaristía de sanación, en una convivencia, o en una celebración comunitaria donde se ora por la sanación de recuerdos.

En el silencio de tu corazón vas aplicando a tu vida concreta la oración que el ministro, el servidor o el equipo ofrecen. Esta oración es muy efi­caz cuando se hace con la debida preparación, y cuan­do existe en la asamblea un clima de reconciliación, amor mutuo y armonía; y una fe expectante, que no pone límites a la acción del Señor.

Jesús se regocija en la unión de sus discípulos. Su gloria se manifiesta y su poder sanador se hace sentir cuando los ve unidos en oración. «Padre, yo les he da­do la gloria que tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno: yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectamente uno, y el mundo conozca que tú me has enviado» (Jn 17,22s).

La sanación de recuerdos con frecuencia va acom­pañada de curaciones físicas. «Mire, Jairo» me decía una señora muy emocionada, mostrándome sus brazos. Yo la miraba un poco alarmado, porque no veía nada especial en sus brazos y ella no cesaba de llorar. Por fin pudo explicarme que llevaba varios años con una enfermedad de piel, resistente a todo tratamiento, y que después de la oración por la curación de recuerdos del día anterior, su enfermedad había desaparecido sin dejar huella.

Otra persona bastante miope rompió acci­dentalmente sus gafas durante esa misma celebración, y desde entonces no las ha necesitado, pues el Señor sanó sus ojos.

¡Bendito sea por siempre el nombre de Jesús! El tiene poder para realizar todas las cosas incomparablemente mejor de lo que podemos pedir o pensar, confor­me al poder que actúa en nosotros: el poder de su resurrección.

Santo de hoy

El Santo de hoy es
SanMartin de Tours
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¡Fíjense qué gran amor nos ha dado el Padre, que se nos llame hijos de Dios! ¡Y lo somos! El mundo no nos conoce, precisamente porque no lo conoció a él.

Difunde la palabra:

La Oración de Jesús

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Si fuéramos a buscar una constante en la vida de Jesús, seguramente que la encontraríamos en la oración. La oración es el hilo oculto que enhebra todas sus acciones, tanto las brillantes y extraordinarias, como las sencillas. La oración en la vida del Señor ocupa un lugar de capital importancia, y ojalá nunca se nos olvide que Él es Dios.

Oración contra los Desastres Naturales

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Cuando el desastre ocurre, Dios escucha nuestras plegarias! Terremotos, tormentas, inundaciones y enormes incendios forestales pueden hacernos sentir impotentes, solos y asustados. ¡Pero sabemos que Aquel que nos creó siempre nos ama y nos escucha, sin importar lo que ocurra en el mundo!

El Credo

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El Credo es una importante oración católica que sintetiza la creencia de los cristianos católicos. En este rezo se afirma la Santa Trinidad y la naturaleza divina de Jesucristo.

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