¿Cuál es el remedio para una sociedad enferma?

Muchas veces desde el punto de vista cristiano se tiene la impresión de que nuestra sociedad está definitivamente enferma, y nos queremos plantear cual podría ser el remedio para curarla.

Y recorrió Jesús toda Galilea, enseñando en las sinagogas de ellos, y predicando el evangelio del reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo.

Mateo 4:23

Pues bien… comencemos. Lo primero que deberíamos hacer es preguntarnos sinceramente si -en realidad- deseamos curarnos o no. Un sacerdote jesuita decía que la mayoría de la gente -nosotros- no deseaba en realidad curarse, sino obtener un mero «… alivio para su dolor…» Claro, buscamos algo que mitigue nuestro sufrimiento; que disimule los síntomas; que esconda el cuadro crítico de salud que presentamos; que nos permita «… seguir…» sin dolor. Pero… ¿curarse…? Esto ya es otra cosa, pues la decisión de curarse significa tomar toda una responsabilidad para llevar adelante el tratamiento, cueste lo que cueste; priorizando la recuperación de la salud aunque ello implique tener que pasar por dolores aún más fuertes que los de la enfermedad. Algo así como «… pagar el precio para volver a tener salud…»; y esto es algo muy distinto del mero «…alivio…»

Se trata de un precio que, muchas veces, las sociedades no quieren pagar. O mejor dicho ni tú ni yo queremos pagar. Porque hablar, en general, siempre de «… la sociedad…» es también una forma de no hablar de mi; una forma de buscar «… alivio…» y no confrontar que la sociedad no es algo distinto de la suma de cada uno de nosotros, para concluir que no hay sociedad enferma, si no hay antes personas -de carne y hueso- enfermas que componen y conforman esa sociedad.

Una sociedad enferma sólo podrá curarse si los hombres y mujeres que la componen -curiosamente tú y yo incluidos- desean curarse.

Hoy eliges tú: «… mero alivio…» o «… curación…» No busques caras ni gestos cómplices; ni nombres genéricos -la gente; los grupos; la sociedad; el gobierno; los políticos, los dirigentes- en quien descargar o diluir esa responsabilidad. La elección es estrictamente personal y tuya; y… solo tuya. También mía, y… solo mía.

 Pues bien; consideremos que, sabiéndote enfermo, has elegido «… curarte…». Ello importa haber dado el primer paso decisivo: entender que para que la sociedad se cure, debemos curarnos cada uno de nosotros.

 Ahora bien ¿qué enfermedad tenemos? Y… somos enfermos cardíacos, sufrimos de un endurecimiento del corazón generado por la presencia del pecado.

 Tratamiento recomendado:

  1. Primer paso: elegir el médico adecuado; el Dr. JESÚS, quien proclama una Buena Nueva y cura toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo (Mt.4:23; Mc. 3 7-10; Lc. 6 17-18); quien nos ha asegurado que podrá arrancarnos nuestro corazón de piedra y cambiarlo un corazón tierno y bueno como el suyo. Si has decidido «… curarte…» debes acudir al médico indicado.
  2. Segundo paso: buscar erradicar el pecado de nuestra vida, pues -como dijo nuestro médico- es el pecado el que nos va enfermando cada vez más. Si pudiéramos entre todos erradicar el pecado del mundo, no tendríamos que ocuparnos de ningún otro problema, porque habríamos erradicado «… todo el sufrimiento del mundo…» La corrupción, la frivolidad, el fraude, la subversión de los valores, la pobreza, el hambre, la injusticia, la violencia, la falta de respeto por la vida, y por el prójimo no son -en realidad- «… la causa…» o «… la raíz…» de los «…males…» del mundo; son solamente los «… síntomas…» que revelan la existencia del pecado en nuestros corazones. Si en la lista de mis deseos y de mis preocupaciones, y en la guía de mi conducta, esta siempre primero Dios… ¿qué mal podré hacer? ¿Qué mal podrá haber en el mundo?
  3. Tercer paso: debo tomar la medicación y hacer mis ejercicios para cumplir con el tratamiento. La medicación consiste en nutrirme diariamente con La Palabra, que es lo que constituirá el alimento necesario, sano y equilibrado para recomponer mi salud (Mt. 4:4); y mis ejercicios serán la permanente oración para estar en contacto con Dios, conocerlo y dejarme sanar por Él (1 Ts 5, 16-18).

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